La guerra no es por aranceles sino por innovación, Qué podemos hacer?

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La guerra de aranceles que conmueve al mundo es solo la punta del iceberg de una disputa de fondo que ocurre hace más de una década y cuyo resultado puede definir una nueva geopolítica: la carrera por la innovación. Argentina tiene que decidir dónde se para ante este escenario.

El evento disruptivo es conocido: China hace años que no produce baratijas, sino que compite con tecnología propia en autos eléctricos (BYD), paneles solares (JinkoSolar), y hasta con su propio chat de IA, DeepSeek, entre muchos otros sectores. El cambio es tan grande y en tan poco tiempo que genera reacciones espasmódicas de los otrora “ganadores” del momento anterior: Estados Unidos, Europa y Japón.

China hace años que no produce baratijas, sino que compite con tecnología propia de alto nivel

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La reacción más reciente – y defensiva – es la guerra arancelaria de Donald Trump. Pero los gobiernos también intentan atacar el problema con políticas más constructivas. Antes de Trump, Biden ideó el Chips and Science Act para que se fabriquen semiconductores en Estados Unidos. Europa le encargó a Mario Draghi (ex primer ministro de Italia) un informe y lanzó un plan de acción con foco en cerrar la brecha de innovación y volverse más resiliente. En nuestra región, el Brasil de Lula lanzó el programa Nova Industria. Todos estos planes buscan lo mismo: subirse al tren tecnológico antes de que China los deje afuera.

DeepSeek, el chat de IA chino.

Nuestro país tiene que decidir cómo juega en ese partido. Hace 130 años, Carlos Pellegrini era un vanguardista cuando pretendía que tengamos industria. Hoy la vanguardia es la innovación, porque determina la tecnología que define la productividad de nuestras economías. Innovar implica pensar y actuar en forma diferente para agregar valor, crear y aplicar nuevas ideas, nuevas tecnologías, o nuevos y mejores procesos.

La reacción más reciente – y defensiva – es la guerra arancelaria de Donald Trump.

Argentina puede sumarse a la carrera de dos maneras. Tenemos capacidades para crear una parte de la tecnología del mañana. Pero además, debemos apuntar a aplicar mejor que nadie las tecnologías que desarrollen otros.

Para lo primero, hay ejemplos de innovación pública y privada que necesitamos cuidar. Entre los públicos, el CAREM y el INVAP. En el sector privado, por caso, el 20% de los unicornios de Latinoamérica son argentinos, entre ellos Globant o Sattelogic.

Para lo segundo, aplicar tecnología existente en todos nuestros procesos nos va a permitir dar un salto de productividad que nos haga competitivos. Suena fácil pero no lo es, y requiere un fuerte compromiso de todos.

Argentina tiene que decidir cómo juega en ese partido, que puede definir una nueva geopolítica

En nuestra empresa autopartista hace varios años que trabajamos en el sueño de tener una fábrica inteligente. Y la realidad es que hay que hacer muchas cosas y muy complejas antes de instalar el primer robot: estandarizar operaciones, lograr una gestión visual clara y accesible, garantizar operaciones seguras, asegurar inventarios debidamente identificados, entre otras. Una vez logrado el “lean manufacturing” uno puede dar el siguiente paso: automatizar y digitalizar. Y en ese punto la cuestión se complejiza aún más.

Pasar de un proceso manual a uno automático suma nuevas tecnologías: sensores, switches de comunicaciones, PLCs (Programmable Logic Computer), brazos robóticos y otros, todos integrados. Falla un sistema, falla toda la máquina o celda. Además, el nivel de integración requiere una infraestructura de conectividad funcional al 100%.

Lo que quiero remarcar es que no se trata de ir al shopping de la Industria 4.0. mundial y comprar una máquina a medida que milagrosamente automatiza nuestro trabajo. Se trata de entender primero qué tecnología es la adecuada y qué tipo de talento necesitamos para gestionarla. El salto tecnológico, por ende, tiene que ir acompañado por un salto de conocimiento en ingeniería, mantenimiento, calidad y seguridad.

En nuestra organización iniciamos el camino hacia la Industria 4.0 hace años: incorporamos robots de soldar, cobots, prensas transfer o robotizadas, cámaras de visión artificial, etc. Grandes empresas como Toyota, nuestro principal cliente, o como Ternium, nuestro principal proveedor, nos ayudaron con transferencias tecnológicas y capacitaciones. Pero todavía nos falta un largo trecho para tener la fábrica inteligente que queremos. Además, nos resta aún dar el siguiente paso, todavía más complejo, que es sumar inteligencia artificial al proceso.

La mayoría de las empresas argentinas no han iniciado este camino de actualización tecnológica. Que lo hagan requiere de su propia inventiva, y también de que el Estado juegue un rol distinto al actual, asegurando la formación de tecnólogos, promoviendo más y mejores servicios de digitalización, generando líneas de financiamiento, centros de investigación, etc. Que el Estado pueda jugar ese rol implica que el propio Estado adopte una lógica de innovación: ni más chico, ni más grande; sino mejor, creativo y constructivo.

El futuro de nuestra economía en este mundo en guerra se juega en esa cancha. Aunque parezca difícil de creer, mucho más en el piso de una planta que en los pizarrones de Wall Street.

*La autora es empresaria industrial.

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