Deslomados y desangelados

Compartir:

 Hay momentos en los que un gobierno no se derrumba, pero empieza a mostrar que perdió el hechizo. Conserva el volumen, pero se le afina la voz. Sigue ocupando el centro del escenario, aunque ya no consigue poblarlo del mismo modo. Algo de eso empieza a respirarse en la Argentina de Javier Milei. No una derrota, no una retirada, no todavía. Más bien otra cosa: el inicio de una fatiga. Como si detrás de la pirotecnia verbal, de la agresión administrada, del sobresalto como método, se escuchara como sonido de fondo, un vacío. Ruido a hueco. El viejo momento en que lo que se presentó como irrupción empieza a parecerse demasiado a una costumbre.

 Por eso el episodio de Adorni vale menos como anécdota que como símbolo o como síntoma. Ese “me fui a deslomar a Estados Unidos” quiso tener algo de abnegación, de funcionario sacrificado en una misión histórica. Pero produjo el efecto inverso: dejó ver la fibra un poco ordinaria de un poder que empieza a quedarse sin mística. Hay frases que condensan una época no por su altura, sino por su involuntaria pequeñez. Mientras el vocero actúa el esfuerzo, en la Argentina real los que están deslomados son otros: los que viajan dos horas para dar clases por salarios que no alcanzan, los que dejaron un empleo registrado para caer en el monotributo, los que ya no discuten si van a ahorrar, sino qué gasto dejan de pagar este mes.
 Al “affaire Adorni” se lo sumó ayer (viernes) la vuelta al centro de la escena del caso $Libra, aquella criptomoneda promovida por Milei de la que trató de despegarse. Bueno, en el marco de la investigación judicial se abrió el teléfono de Mauricio Novelli (un lobista clave en esta trama) y se verificó que hubo 206 llamadas esa noche: siete llamadas con Milei. Siete con Karina Milei y nuevo con Santiago Caputo. Esa noche sonaron los teléfonos de todos.
 La novedad, entonces, no es que el Gobierno haya perdido el poder. La novedad es que empieza a perder algo más difícil de medir y, a veces, más importante: la capacidad de organizar el sentido de la coyuntura. Durante meses el mileísmo logró convertir el padecimiento en promesa. El ajuste no era ajuste: era una travesía. La crueldad no era crueldad: era sinceramiento. La demolición de derechos no era demolición: era cirugía dolorosa para curar una economía enferma. Esa alquimia empieza a mostrar fisuras cuando la experiencia cotidiana deja de acompañar el relato.
 Ahí entra el dato de inflación de febrero: 2,9%, igual que en enero; 5,9% acumulado en el primer bimestre; 33,1% interanual. Pero lo decisivo no es sólo el número general, sino dónde volvió a golpear. La división que más subió fue Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con 6,8%, y los regulados avanzaron 4,3%, por encima del promedio. Es decir: cuando el Gobierno necesitaba demostrar que el sacrificio empezaba a rendir frutos palpables, la realidad le devolvió una escena más áspera. La inflación podrá seguir lejos de los picos del pasado reciente, pero vuelve a instalarse justo en el corazón de la vida cotidiana: la boleta, el alquiler, el servicio, el gasto fijo, la sensación de que vivir sigue costando demasiado.
 Lo mismo pasa con el trabajo, ese territorio donde la épica libertaria prometía dinamismo y está dejando intemperie. Los datos relevados por el IARAF (y retomados por Ámbito) muestran que entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se perdieron unos 270.800 puestos asalariados registrados —192.000 privados y 78.800 públicos— mientras crecieron 137.400 monotributistas. La relación es brutal: por cada diez asalariados menos, aparecieron cinco monotributos. Y allí aparece una de las observaciones que viene haciendo Luis Campos: no estamos ante una recuperación del empleo, sino ante una mutación de su degradación. Se destruye puesto estable, se expande refugio precario. No se recompone un mercado laboral; se reorganiza una forma más barata, más individualizada y más vulnerable de vender la fuerza de trabajo.
 La escena social que se arma con esos datos tiene algo de despiadado. Sale uno del convenio y entra al monotributo. Cierra la fábrica y se abre la app. Se pierde salario indirecto y se gana disponibilidad permanente. Se reemplaza una trama colectiva por una intemperie administrada. Después llegan los analistas a decir que subió la actividad, que mejoró algún indicador, que hay brotes. Pero abajo lo que se expande no es la prosperidad sino el rebusque; no la seguridad sino el parche; no una subjetividad emprendedora sino una sociedad obligada a sobrevivir a la intemperie.
 Y cuando esa combinación de inflación persistente, salarios retrasados y trabajo precarizado toca el nervio de lo público, la protesta vuelve a salir a la superficie. En Catamarca, la docencia autoconvocada marchó reclamando un básico de $1.300.000 y rechazó la oferta oficial por insuficiente. En Jujuy, docentes y estatales confluyeron en marchas de antorchas recomposición salarial y paritarias reales. El conflicto, además, no se agota allí: distintos relevamientos dieron cuenta de que la disputa salarial docente se extendió este mes a 19 de las 24 jurisdicciones, con rechazos de ofertas, paros y movilizaciones en provincias como Corrientes, Entre Ríos y Tierra del Fuego.
 Lo interesante del momento no es sólo la persistencia del malestar. Es su cambio de textura o de percepción. Durante una primera etapa del mileísmo, una parte de la sociedad aceptó el programa con una mezcla de miedo, expectativa y delegación. Se podía padecer, incluso despreciar o rechazar algunas cosas, pero todavía había quienes suponían que detrás de esa violencia había un rumbo. Que la brutalidad, quizá, escondía eficacia. Que el ajuste era el precio transitorio de un reordenamiento. Lo que empieza a resquebrajarse ahora no es sólo la paciencia material: es esa concesión imaginaria. El Gobierno puede seguir teniendo mando, pero empieza a perder espesor. Sigue produciendo impacto, pero ya no produce el mismo hechizo.
 Ni hablar del impacto que puede tener la guerra de EEUU e Israel contra Irán. Por lo menos en dos sentidos: por las consecuencias sobre la economía, sobre la inflación especialmente; y porque Milei se alineó 100% con un Gobierno que puede salir muy mal de sus aventuras. Además de que en Argentina esa guerra es rechazada hasta por gran parte de sus votantes.
 Lo que empieza a insinuarse no es la caída del mileísmo, sino su envejecimiento prematuro. Hay gobiernos que se consumen por sus derrotas. Y hay otros que empiezan a gastarse por su propia insistencia, por el abuso de sus recursos, por la saturación de su artificio. Milei todavía puede dañar mucho. Puede seguir gobernando. Puede seguir contando con apoyos decisivos de empresarios, medios, jueces y opositores que le votan lo importante mientras ensayan pequeñas diferencias ornamentales. Pero algo en su promesa ya no vibra igual.
 Adorni dijo que fue a deslomarse. Tal vez sin querer dijo la verdad, sólo que al revés. Los deslomados son los de abajo. Y los desangelados empiezan a ser ellos. El Gobierno, quiero decir. Ese es el pequeño cambio de atmósfera. El momento en que el poder conserva la luz, pero pierde el aura. Y cuando un gobierno pierde el aura, por primera vez, deja de parecer inevitable.

También puede interesarte

Hay 2027; pero lo que faltan son candidatos

1. Parecería el principio de una lenta cuenta regresiva: 3,2.9... Lo que comenzó el año pasado con...

El sorpresivo saludo de Conan O’Brien a la Argentina en los Premios Oscar 2026

El presentador de la entrega número 98 de los Premios Oscar 2026, Conan O’Brien, abrió la...

El Gobierno cerró filas en torno a Manuel Adorni y busca dar vuelta la página

La polémica que se desató alrededor del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, por el viaje...